Ayudar a los que ayudan.

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Ayudar a los que ayudan.

Mensaje  Celiel Dethei el Jue Mar 14, 2013 9:55 pm

En los reinos humanos, concretamente en Vanissar se encontraba la mestiza Celiel descansando después de un viaje agotador de varias semanas. "Desde luego, ésto no es la Tierra..." susurraba para sus adentros. Con la única compañía de su gato de fuego, Fire, al que su nombre le hacía justicia totalmente.

Era noche cerrada cuando llegó y a pesar de no contar con ni un solo escolta como solía tener cuando vivía con su familia adoptiva, no había en su rostro el menor indicio de temor ni preocupación, puesto que se sabía que aunque no daba precisamente una imagen amenazante, tenía un gran control de su cuerpo y la soltura de sus ataques y movimientos ya ha la habían salvado de varias situaciones seriamente complicadas.
Cagada con su zurrón, su espada y sus armas y amuletos escondidos en su cuerpo paseaba tranquilamente bajo la luz de las tres lunas en busca de un lugar donde pasar la noche.

-Me parece que con la escasa luz de estas calles nos va a costar encontrar un lecho sobre el que tumbarnos. -habló a su mascota, que andaba a su lado imitando su paso. El gato la miró, como entendiendo lo que dijo y simplemente soltó un leve gruñido quejándose de su suerte.

Al cabo de un rato por fin encontró una luz a lo lejos, entre unas de las calles y no tardó ni un instante en caminar a paso rápido hacia ella. Una vez se encontró frente a la puerta pudo escuchar el estruendoso barullo que había más allá. Dubitativa, golpeó la puerta con los nudillos esperando una respuesta por parte de la gente de dentro, pero tras insistir varias veces, optó por empujar la puerta simplemente.

Cogió en brazos a Fire, que había eliminado el fuego de su cuerpo para no quemarla y entró en aquel antro, que olía como si juntases todo el sudor del mundo y el alcohol de la Tierra en un pequeño envase y lo agitaras repetidas veces para mezclarlo todo. En ese lugar había mucha gente apelotonada en muy poco espacio y gritaban como animales, Riendo, bebiendo, discutiendo, bailando e incluso algunos cantaban como ciervos agonizantes.
También podían distinguirse muchos tipos de razas en aquel sitio.
Desde diminutas feericas danzando por acá y por allá hasta algún semi-gigante que se encontraba encogido en algún rincón bebiendo sorbitos muy pequeños de bebida para no acabársela tan pronto como lo haría si bebiera como lo hacía normalmente.

Se acercó a la barra manteniendo los pasos firmes y decididos que había practicado en tantas ocasiones y que utilizaba en momentos que veía posibles peligros acechantes.
Llamó la atención del camarero con la mano y se sentó en el único taburete disponible a la vista.

-Buenas noches, ponga un poco de darkah aquí, ¿de acuerdo? - dijo apoyando el codo en la sucia barra y adoptando una pose indolente en el asiento.

El camarero se sorprendió ya que había visto a la chica entrar por la puerta con dudas en su rostro y eso él lo sabía muy bien, pues sus años de experiencia laboral le habían hecho volverse un excelente observador y a saber interpretar las acciones de cada uno de los clientes que entraban por su puerta. Era un hombre precavido, pero es que su empleo se lo exigía.
Celiel se preguntó por la cicatriz que cruzaba el rostro de aquel hombre de rostro cansado y paciencia en los actos, pero no sabía que esa era una de las muchas cicatrices que habían marcado su vida. Vivir en la noche tenía un precio y ese hombre lo había pagado.

Finalmente el camarero deslizó la copa de darkah por la barra hasta llegar a donde estaba la chica, que se giró en el asiento con la copa en la mano para disfrutar del panorama. Un yan y un feerico discutían a viva voz por algo relacionado con unas féminas que se encontraban en la misma sala. Las chicas, con las manos tapándose los labios no dejaban de hablar y repetir las mismas palabras: "¡Oh, Dioses!", cada vez que los miraban.

A su vez, el bárbaro de mi izquierda derramó su copa de vino por la barra hasta gotear en el suelo.
Se rió con socarronería al ver que había manchado parte de la espalda de la semiceleste con aquel líquido rojizo.
Celiel se giró bruscamente al notar el frío vino recorriendo su espalda a través de la tela de su camisa azul y su corset marrón.

La chica se levantó de pronto y una corriente de ira recorrió todo su ser. Entonces se acercó a aquel extraño casi temblando de rabia y con la mandíbula apretada.

-¿Crees que tiene gracia, cacho de músculo sin cerebro? ¿Quién te has creído que eres? - lo agarró por debajo de la mandíbula con la mano abierta, apretando los dedos y clavándole las uñas con ése gesto. -Que sea celeste no significa que no tenga genio, y que sea mujer no significa que no pueda plantarte cara.

Dicho esto, el bárbaro lanzó una moneda al camarero y se fue murmurando maleficios. La chica volvió a tomar asiento tratando de tranquilizarse. De pronto cayó en la cuenta de que no se escuchaba ni una mosca en el antro. Las chicas miraban sorprendidas pero ésta vez sin decir nada, los dos chicos que discutían seguían en la posición de antes, el uno frente al otro con los dedos índices alzados pero con las cabezas giradas ahora en mi dirección, el camarero seguía tras la barra limpiando vasos autómatamente pero con una sonrisa camuflada en los labios, las feericas danzarinas estaban cogidas de las manos pero inmóviles y mirándome con sonrisas que mostraban sus diminutos dientes y el gigante, que había terminado ya su trago, miraba el vaso con tristeza intentando encontrar alguna gota perdida en el fondo de éste.

Celiel se terminó la copa y llamó la atención del camarero de nuevo. Ahora estaba mucho más relajada puesto que el ambiente se había vuelto mucho más calmado y con ello, sus sentimientos.

- Siento la escenita de antes, es que... -se sonrojó de pura vergüenza ante aquel silencio sepulcral y las miradas de la gente clavadas en su nuca, sumado al arrepentimiento de las molestias causadas en el bar del camarero.

-No te preocupes, -sonrió a medias- se lo merecía. Además, estoy acostumbrado a todas éstas cosas, como ves. A ciertas horas siempre toca algo. Es la tradición de las noches. De todas formas, le has dado una buena lección de humildad.

La chica sonrió con alegría y eliminó entonces todo sentimiento negativo que había en su interior.

-No alquilarás habitación a una pobre muchacha que no tiene donde hacerlo, ¿verdad? No soy de aquí y sólo vengo a pasar unos días en la ciudad.

-No, chica, pero mi hermano tiene una posada unas calles más arriba, al lado del pozo y cerca del centro de la ciudad. No suele abrir a forasteros por la noche, pero estoy seguro que si le dices que vas de mi parte, te dejará entrar. Y quién sabe, quizá hasta te descuente algo del precio inicial.

- Muchas gracias, buen hombre. Volveré por la mañana a desayunar. Te has ganado un cliente habitual -dijo guiñando el ojo.

La semihumana saldó su cuenta y se marchó del lugar con el gato aún en los brazos hasta que una vez fuera, lo soltó en el suelo y el gato una vez se hubo estirado comenzó a caminar.
Se pasaron a penas unos minutos de camino siguiendo las instrucciones del camarero del bar.
De pronto, cuando el segundo sol comenzaba a salir y se encontraban ya a escasos metros de la dichosa posada, aparecieron de una esquina de las callejuelas una imagen borrosa para Celiel hasta momentos después.
El desconocido tapó la boca con la mano a la chica y la apretó contra sí, mientras otro la agarraba exactamente como ella había agarrado al bárbaro horas antes. "¡¡Eres tú!!" , quiso gritar ella, pero la mano la agarraba con fuerza por los labios y le impedía moverlos. Solo pudo soltar un gruñido ahogado y dirigir sus ojos furiosos hacia la sombra que tapaba la poca luz que desprendía el sol que ya había salido.

De repente, aparece otra figura de la nada. Otra sombra vestida con sedosas telas que danzaban con el movimiento y un turbante sobre la cabeza que además le ocultaba el rostro. Solo sus ojos azules como el mar resaltaban en aquella sombría escena. El relámpago oscuro saltó como una pantera hacia la espalda del agresor proporcionándole un abrazo de muerte con su daga. Celiel notó únicamente el temblor del bárbaro antes de caer al suelo inconsciente con un chorro de sangre apareciendo poco a poco, que se derramaba calle abajo. La chica se separó por instinto unos metros y pudo observar con más claridad lo que había pasado. Su salvador era un yan, estaba claro. Era joven pero bastante imponente por su altura y complexión física. Parecía tener unos treinta y cinco años y mucha experiencia de la vida.

-Muchas... gracias- dijo Celiel con la voz entrecortada aún y le ofreció la mano con amabilidad.

-De nada. En realidad era una deuda pendiente, aunque ha sido un acierto cobrarla ahora, ¿no crees? Por cierto, soy Razell -contestó estrechándole su mano.

Momentos después el joven posó con fuerza su otra mano en el hombro derecho como apretándolo y su rostro se ensombreció en una mueca de dolor ahogado. Celiel no lo dudó ni un segundo y tiró de la mano que aún seguía estrechada hacia su clínica de sanación. Al rato, su herida del hombro había disminuido bastante y se había impregnado de ungüentos y plantas medicinales para su perfecta desinfección.
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